Emprender el viaje.

Y es que yo nunca pensé que sería capaz de decir “hasta aquí”, dejarle esperando en el andén y echar a correr en dirección contraria.

Tampoco se trataba de correr hacia la nada, yo tenía bien claro que había que salir de allí, incluso con la maleta a cuestas, corriendo y traqueteando en casa paso que daba.

Tenía que marcharme.

No lo niego, miré atrás un par de veces o incluso más, podría verle con el alma rota y sin entender qué estaba ocurriendo, tras tantos años y tanto esfuerzo estoy segura que no entendía por qué me escapaba así.

Porque aquello era lo que estaba ocurriendo, me había empujado hasta el límite para activar mi plan de escape, incluso cuando parecía que íbamos a emprender el viaje de nuestras vidas.

Yo misma me había conducido hasta allí y yo misma quería acabarlo en aquel lugar.

Cuando llegué a las escaleras, miré mi maleta, era realmente enorme y pesada, la había llenado de cosas para mí imprescindibles, pero ahora irónicamente ninguna de ellas tenía sentido. ¿De qué sirven todos esos recuerdos cuando ya no te hacen sonreír?

Le dí una patada y eché a correr saltando los escalones de tres en tres.

Estaba aterrorizada, podía escuchar aún sus gritos llamándome. Me decía que volviera, que iba a perdonarme, que podríamos hacer ver como si no hubiese ocurrido nada.

Pero yo no flaqueé ni un instante.

Cuando llegué a lo más arriba de aquella escalera, sin girarme, dije en voz alta:

“Te he querido todo este tiempo, pero es momento de dejarme ir”.

Y creo que fue en aquel instante cuando, mi antigua yo, quien estaba rota a las puertas de aquel tren destino a un futuro que ya no deseaba, lo entendió.

Entendió que ya había tenido suficiente de ser una versión de mí que no se aceptaba, que tenía miedo a hablar claro, que había dejado de luchar.

Entendió que ella debía marcharse en aquel tren y que aunque ambas habíamos aprendido bastante de la otra, sus lecciones ya no me hacían falta.

Unos cuantos años más tarde, sigo arriba de aquellas escaleras y escribo esta pequeña carta para darle las gracias a aquella réplica de mí misma, que simplemente se quedó en el andén viéndome marchar. Sin correr tras de mí, sólo dejándome ir.

Gracias Tamara, por hacerme mejor, por hacerme crecer.

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Siempre he escrito poemas.

Siempre he escrito poemas para pensarte cuando no estás.

Se han llenado mis estantes de páginas sueltas que derivan en búsqueda de ese faro que les de algo de utilidad.

Pero me he dado cuenta de algo, ¿dónde están aquellos poemas que hablan de mí?

Porque yo también me fui, durante mucho, mucho tiempo. Dejé de ser, me perdí.

Ya no era capaz de sonreír por las mañanas cuando entre una leve brisa me despertaba para taparme con las sábanas.

Ya no tenía ganas de perder las horas entre palabras de mis libros favoritos.

Ya no le encontraba sentido a aquellas canciones que me habían abierto el alma en una noche de insomnio.

Ya no.

Y jamás lo escribí, jamás me dije a mí misma “volverás, encontrarás el camino y regresarás”.

Todo lo que anhelaba era que tú, que habías decidido tu camino, te dieras cuenta de que estaba escrito conmigo.

Ahora que está tan de moda el decirse a uno mismo:

  • Me quiero
  • Me acepto
  • Me gusta como soy

Me doy cuenta de lo imperfecto que fue mi camino para llegar hasta aquí.

Me doy cuenta de que tuve que dejarme caer innumerables veces hasta darme yo misma la mano, sentir el empujón.

Volver hacia arriba.

No te equivoques, jamás dejaré de escribir poemas por ti, aunque tu nombre cambie, aunque la historia no sea siempre la misma.

Pero ahora lo sé, ahora lo entiendo todo. Y es que mi mejor poema, aquel que de verdad estará a cada instante conmigo… Soy yo misma.

Mi NO primera vez.

Creo que se escriben muchas historias sobre la primera vez, como si las demás ya no tuvieran importancia o jamás pudieran superar el estar a la sombra de la primera.

Se habla del primer beso, la primera borrachera, la primera vez que tienes sexo, la primera vez que conduces un coche, la primera vez que te enamoras… Pero nadie escribe una oda a las demás ocasiones en las que sientes todas esas emociones de nuevo.

Quizás porque tienen miedo a desprestigiar la primera, y sin embargo… ¿Cuántas veces esa fue la mejor de las experiencias?

Pienso que enamorarse de nuevo es un síntoma de estar vivos, de haber sabido avanzar, de haber dejado atrás algo que no ha funcionado y que sin lugar a dudas no era para ti.

Y odio el prejuicio de tener que estancarse, de aportarle valor a algo que ya no lo tiene y de que eso se castigue con culpa y en algunos casos… Soledad.

Porque no hay más soledad que la de quedarse en un cuarto con otra persona que ya no logra verte.

En mis segundas veces, terceras y todas las que siguen, me encontré descubriéndome a mí misma partes que había olvidado que tenía.

Habían ocasiones en las que el polvo lo había cubierto todo de tal manera que tenía que frotar durante horas diciéndome “estás ahí, sé que estás ahí”.

Y sin embargo no me rendí.

¿Te sucede a ti también?

A veces me encuentro preguntándome si será posible esta absurda idea de olvidarte si destruyo todas tus palabras.

Me hago pequeñita entre el espacio de aquellos mensajes y tu ausencia, pensando que cuanto más me doble, mejor será mi escondite.

Y allí, hecha una bolita, me discuto entre qué palabras debería dejar ir y cuales podrían quedarse.

¿Quizás a ti te pasa lo mismo?

Me pregunto también si a ti te ocurrirá alguna mañana, que te despiertas y piensas “¿Cómo he llegado aquí? ¿Cómo puedo no pensarte?”.

Es duro, lo sé.

Yo me he encontrado rindiéndome al hecho de que ya formas parte del aquí y ahora. Pero engañándome con la simpleza de esconder tus caricias en la estantería más alta, aquella que no ves si no te pones de puntillas.

¿Te sucede a ti también?

Respirar, recordar, temblar, dejar ir, salir corriendo detrás, escribir y borrar.

¿Te sucede?

Vulnerable.

Vulnerable.

Hay quien lo ve como una debilidad, una traición de tu persona, exponerte al mundo de una manera casi siniestra, sin engaños, transparente.

Supongo que durante mucho tiempo yo también lo vi así.

Me preguntaba a cada instante si iba a dolerme cuando descubrieran la verdad, que estoy hecha de sentimientos entrelazados y cuatro retazos de piel.

Soy vulnerable.

En algunas noches incluso cálida, llena de misterios que no tienen respuesta y que te preguntaré uno tras otro hasta perdernos con Morfeo.

Supongo que yo soy así, alguien que no sabe pintar pero que escoge lienzos para llenarlos de colores que le hacen vibrar. También esa persona que como dijo mi abuela un día: se sienta en un banco a ver qué pasa, espera el momento para intervenir.

Vulnerable, viendo qué pasa y esperando a intervenir.

Han tenido que pasar 27 años para darme cuenta de que me quiero así, a cada segundo del día, en cada día de la semana, dentro de cada mes del año.

Decidí no dejar de tener miedo, si no aceptarlo conmigo en la habitación, comprendí que las inseguridades no son cadenas, si no cicatrices que puedes llevar y que pierden importancia cuando finalmente las muestras a los demás.

Vulnerable. Esa soy yo.

Todo pasa por algo, todo pasa por mí.

Todo pasa por algo.

Frase que tenemos a mano cuando nos suceden cosas que hacen que desemboquemos en caminos y elecciones inesperadas.

Por algo.

Como si de golpe el error no fuese nuestro, la mala suerte no estuviese en nuestro camino o el sentimiento nos invadiera menos.

Y es que todo pasa por algo. Claro. Pero todo algo pasa por nosotros.

Quizás me he cansado de no sentirme responsable, de no entender que yo también puedo hacer que algo pase por algo.

Acción reacción de los deseos, el esfuerzo, la autoestima, la pasión y todo lo que creamos en nuestro día a día.

Todo pasa por algo, algo pasa por algo y yo pasaré por todo y más.

A partir de hoy, todo pasará por mí.

portada post loquenoescribiayer desajustes

Desajustes que gustan a cualquiera.

He llegado a la conclusión de que me gustan tus desajustes. Y es irónico, porque me revientan cuando aparecen.

Pero me gustan.

Tus desajustes, empiezan de manera súbita pero no inesperadamente, los veo venir.

Y es que te has convertido en un misterio con un patrón que parece ya formar parte de mí, incomprensible y a veces incluso cuestionable.

Pero es que me gustan tus desajustes.

Los días no se detienen por ti, pero si parecen más opacos.

Las cosas no son menos divertidas sin ti, pero si podrían mejorar con tus palabras.

Las noches no son más largas sin tus buenas noches, pero si más placenteras si me las das.

Datos que ambos conocemos y que sin embargo actuamos como si fuesen huevos de Pascua que todavía tenemos que descubrir.

Desajustes.

Yo no sé si siempre fui así, si ahora tengo más paciencia, si es que me gusta encontrarte de nuevo cada vez o simplemente eres mi mejor distracción.

Pero es que me pierdo en cada giro que das, a veces como si no encontrase de nuevo el camino a casa y en otras como si hubiese preferido no volver.

Muchos/as cantarían aquello de “una de cal y una de arena”, sin embargo yo…

Sólo puedo decir que me gustan, me gustaron y quizás me gustarán tus desajustes.

Maybe.

Lo diré de este modo.

Consigues que tu distancia se convierta en un acariciarme con mis propios dedos pensando que eres tú quien lo hace.

Apostaría por decir que las mejores conversaciones que tenemos y que queremos tener son aquellas que carecen de palabras.

Así me quitas el escudo, la chulería y el humor que tanto me defiende.

Pero es que eso eres tú en mí, una conversación sin palabras y sin barrera. A veces incluso sin pijama.

Lo sabes, te regodeas cuando me ves dudar porque sabes que eres tú quien lo provoca. Como un pequeño terremoto que me descoloca y a la vez me asombra al vivirlo.

Y a veces me pregunto… ¿Le ocurrirá esto más veces?

Supongo que me da miedo que no sea única para ti, que no nos veamos del mismo modo, que no pensemos al unísono.

Unísono.

Creo que contigo he aprendido tanto de esa palabra, has conseguido que estés donde estés, de igual modo yo, tenga ese momento del día en el que sé perfectamente que acabo de cruzar tu mente.

Quizás hasta nos encontramos al mismo tiempo, quizás hasta estamos ahí, al unísono, sin vernos.

Maybe.

Una calma mediocre.

La calma.

Siempre tan azul y tan infinita, se había escondido de mí pero por suerte muchas manos me ayudaron a encontrarla de nuevo.

Tras palabras que dañan, rincones que asustan, momentos que impactan y noches que se ciernen sin esperar a que cierres los ojos.

La calma vuelve.

Mediocre.

Extraña definición que de golpe formó parte de mí. Herida y con sonrisa, doy las gracias por encontrarme de nuevo con palabras que reactivan y que hacen que la negatividad tenga otro cariz.

El cariz de querer dejar atrás aquello que jamás me vio por lo que fui, soy y seré.

Porque mediocre o no, jamás dejé de ser yo y jamás me rendí.

Yo ya lo tenía claro.

Lo decía con aquel vaso como si de whisky fuera, que ya lo tenía claro.

Que no ibas a durar más que dos canciones, quizás puestas a cámara lenta, pero que me sonaban a notas rápidas y algo desteñidas.

Ya lo tenía claro, que te ibas a quedar para pasearte en mis domingos y sorprenderme en cada lunes. De verdad, ya lo sabía.

Que te ibas a convertir en desidia, en comedia, en trágico romance inesperado, en día sonriente, en despedida sin ganas y en deshielo irremediable.

Ya lo tenía claro, que tus ojos no engañan y que mis manos no se entienden cuando de buscarte se trata.

Inexperta, incapaz, temerosamente atrevida, tenía claro que todos los antónimos estarían unidos para continuar con aquel baile.

Y es que si algo tengo claro, es la poca claridad entre acción y palabra, entre despido y retorno, entre quiero menos y necesito más.

Te pienso y cada día tengo más claro, pausa y ojos de huracán.