Los aviones que siguieron volando.

En mis meditaciones, todas muy poco planificadas, yo tenía un jardín enorme al cual bajaba por una escalinata de caracol de esas que asustan al mirar hacia abajo.

Llegando a la puerta, me encontraba con un verde hierba y unos arcos que me invitaban a entrar y a pasear por aquel lugar.

Yo tenía mi banco favorito, en él esperaba a personas especiales que sabían indicarme el paso a seguir.

Sin embargo, al volver arriba me sentía perdida. Quizás más de lo que tú puedes ver ahora mismo.

Jamás sentí que tuviese que ser la fuerte, la que no tiene inseguridades, la que sabe que hacer en todo momento. Pero sin darme cuenta ese había sido mi rol toda la vida.

Yo pensaba, ojalá que lo entendieras, que podía derribar aviones con la mirada si tú me lo pedías, cual villano repentino en un cuento inesperado a las 3 de la mañana de un martes cualquiera.

Pero no es así, quizás soy más de papel de lo que tus manos quieren asimilar.

Quizás cuando me tocaste me doblaste por pequeños sitios, haciendo pliegues diminutos y camuflados que me llevé a casa.

Para contar las horas en las que volverías a jugar con mis esquinas.

Nadie sabe más de poesía que el amor y cuando es correspondido las palabra suelen acabarse, pero las acciones perduran.

Hoy regresaré a mi jardín para llenarme de energía, quizás nos sea útil a los dos.

Pero me gustaría decirte, que aunque aquellos aviones no cayeron…

Yo los miré fijamente.

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Jamás y nunca.

Tenía muchas maneras de empezar este texto.

Una de ellas hablaba del amor, de sus inmensas formas y de cómo yo lo aprendí con tan solo nueve años mientras entraba por la puerta de una casa ajena, que se convertía en familia después.

Otra de las maneras comenzaba con nosotras dos, asustadas pero divertidas dentro de una piscina, nadando patosamente a la par, mientras tú provocabas olas y cantabas aquella canción que si cierro los ojos sólo se puede reproducir con tu voz.

También pensé en empezar este texto diciendo que nadie debería escribir jamás algo así.

Nadie debería quedarse sin aliento reuniendo recuerdos, demasiado bellos, demasiado dolorosos ahora. Ese es otro tipo de amor, que desgarra por dentro porque el egoísmo de no querer que te marches duele.

Una vez dijiste que no entendías por qué me quedaba veranos enteros allí, ¿quizás no tenía amigos? Si, claro que los tenía, pero los días contigo eran aterciopelados, suaves y fáciles, rectos y cuesta abajo, sin frenos y sin miedo a la caída.

Las anécdotas en este punto se multiplican, muchas son las mañanas en las que casi debías tirarme de la cama, tantas son las veces en las que escuché “Tamara, salte de la cocina” e incontables las ocasiones en las que te hacía girarte a mirarme porque en tus ojos yo me hacía grande.

Jamás dudaré de todo aquello que aprendí de ti, aunque nunca te lo dije. Y jamás y nunca no son palabras que deban ir unidas.

Mi admiración por ti se desboca, Yaya, aquí empiezan a escasear las palabras. Así que me detengo a imaginarnos, mirando los ojos la una de la otra, nunca nos hizo falta más.

Jamás te olvidaré porque nunca comprenderé este amor de otra manera. Y esta vez, lo juro, jamás y nunca son palabras que no se separarán.

Te quiero.

 

Un bloqueo.

Un bloqueo se trata de un momento en el que de golpe no sabes cómo debes actuar. Te paraliza la sensación de poder elegir algo incorrecto y también te estremece el hacerlo bien.

¿Y por qué sentirías un bloqueo ante algo que puedes hacer bien?

Porque las emociones nos hacen implicarnos, nos hacen dar parte de nuestro tiempo a vivir y sentir algo. Y eso deja huella.

Cuando hablaba con mi amiga María el otro día sobre las inseguridades y recordaba un texto que escribí hace más de un año, me di cuenta de que llevaba meses y meses incapaz de escribir algo que surgiera desde el corazón.

Algo que no fuese planificado, que no implicase el análisis de un tema, la precipitación de palabras clave para posicionarlo, algo que simplemente… Fuese real.

Y pensando en ese famoso bloqueo, la verdad cayó sobre mí cuando pude ver que todos tenemos nuestros pequeños secretos y aunque pretendemos esconderlos, no es así.

No me refiero a que hagamos lo posible para que otros se fijen y vengan a solucionarnos la vida, aunque tampoco nos engañemos… Existen ese tipo de personas. Me refiero a que de vez en cuando aparece alguien que es capaz de mirar al punto exacto, en el momento indicado, con la intensidad necesaria.

A mí me ha pasado, con personas que conocía de toda la vida y sobre todo con personas que he conocido en cuestión de horas, días y meses.

¿Quizás esa mirada limpia es lo que les permite ver a través de mí? Sin prejuicios, sin un pasado, simplemente mirar y ver lo que soy. Lo que somos.

No lo sé, pero cuando se acercan apuntando a mi secreto y me preguntan por él. Abro los ojos. Bien abiertos, picándome por la cantidad de aire que entra en ellos y por fin, soy capaz de romper ese miedo, de hablar alto conmigo misma.

De desbloquearme.

Porque muchas veces creemos que no necesitamos de los demás, que no necesitamos un gesto, una palabra, un abrazo, una señal.

Pero el mundo está hecho para compartirlo, a nuestra manera. ¿Y esto qué quiere decir?

Que desbloquearse implica compartir la vida como tú quieras, con quien tú quieras y donde tú quieras.

Así que ahora estoy apuntando, derecha a tu bloqueo, para que lo compartas cuando estés preparado/a.

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Un pequeño texto regalo, tras meses de ausencia. No tengo pensado ir posteando con frecuencia, pues paralicé el proyecto. Pero esto tenía que dejarlo aquí, como siempre… Por si a alguien le sirve. 🙂 

Despierta

Una canción sonaba de fondo en su día a día, una canción sobre el amor y el desamor, sobre un imposible, sobre un sueño dormido. Sonaba en su día a día porque se empeñó en seguir escuchándola.

Con ella callaba las voces que gritaban en su interior, callaba las voces que le susurraban a su alrededor. Era más sencillo oír una canción que se repetía una y otra vez, que afrontar una verdad tan dolorosa.

Se aferraba a la esperanza de hacerle despertar, creía que podía conseguirlo, pero lo único que sucedía es que la canción volvía a empezar.

“Despierta…” le susurraba dulcemente al oído mientras dormía, de fondo la melodía.

“Despierta” le suplicaba cuando observaba un atisbo de lucidez, en el estribillo de su dejadez.

“¡Despierta!” clamaba cada vez que las últimas estrofas sonaban, pero nunca despertaba.

Palabras necias, oídos sordos… No hay más ciego que el que no quiere ver.

No despierta alguien que quiere seguir dormido y no es lo mismo estar dormido que durmiendo… dolido que doliendo… perdido que perdiendo… jodido que jodiendo…

Una canción sonaba de fondo en su día a día, siempre la misma canción. Siempre la misma melodía… Hasta que comprendió realmente quién tenía que despertar.

Despierta. Y así lo hizo… Despertó, al fin despertó cuando desistió de hacerle despertar.

Ahora sólo escucha música celestial.

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Desaparecer

Quizás es porque estoy cansada de vagar sin rumbo,

De ser y estar a la espera de lo que nunca llega.

Tal vez simplemente se encogió mi mundo

Y me quedé sólo con aquello que merece la pena.

No me quedaron más palabras, más argumentos,

Perdí las ganas de pelear.

Dejé de lado los lamentos,

Abrí las alas y eché a volar.

Se agotaron los mañana, las mentiras,

Las excusas y las promesas incumplidas.

Silencio…

La soledad viene sin avisar.

Recuerdos…

De nada me valen ya.

Que placer,

Cerrar los ojos y desaparecer.

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Díme, ¿A quién?

¿A quién le importa?

¿A quién le importa lo que me inquiete, sujete o apriete?

¿A quién le importa lo que odie, ame, piense o respete?

¿A quién?

¿Te importan mis letras perdidas?

¿Mis pensamientos suicidas?

Reversibles los consumo como comida. Me los trago como café con mis amigas

No me atraganto, sólo son pequeñas letras del tamaño de una hormiga.

¿A quién le importa?

¿A quién le importa lo que yo piense, haga o diga?.-

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 MARÍA DIEguez.-

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La Columna de Mosby (29): el poder de los labios rojos

Aunque la idea que me sugería Júlia era magnífica, me estaba costando horrores escribir sobre ello, de hecho, llevaba toda la tarde divagando por encima de mi cama intentando llegar a una conclusión.

Para ella los hechos eran muy sencillos:

Se pueden conseguir muchas más cosas cuando te pintas los labios, te da un poder diferente y acabas por dominar mucho más la situación.

Y algo que a mis ojos era casi una locura, porque un pintalabios no deja de ser mero maquillaje y me asustaba la idea de que mi amiga lo viese algo vital, lo que cambiaba era la actitud.

Nuestra actitud.

Porque da igual si eres mujer u hombre, lo que cambia es que estás dispuesta/o a conseguirlo, porque te sientes más poderosa/o.

¿Dejar o no dejar una marca?

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De inmediato lo puse en duda, jodida inseguridad, por lo que le espeté desde el otro lado del teléfono:

Pero cuando tienes una cita es casi imposible pintarse los labios y llegar al beso, acabas dejándole los morros bien rojos al chico/a.

Qué equivocada estaba, porque la respuesta que Júlia tenía preparada iba a hacer que consiguiera replantearme muchas cosas:

Eso te da el poder de decidir algo importante, si dejar una marca o no.

Entonces me di cuenta de lo que mi amiga quería hacerme ver. Y es que somos muy diferentes cuando nos proponemos algo, pensadlo, apenas visualizas un plan ya casi tienes la energía necesaria para hacerlo real.

Es como mi teoría de “la cantidad del plato, yo siempre digo que no existe el estómago lleno y que en realidad es según lo que ponemos en nuestro plato de comida.

Por eso hay menús diminutos que te llenan y a la vez eres capaz de comerte los platos interminables de tu abuela. Sin más, todo es cuestión de perspectiva.

¿Cuáles son tus labios rojos?

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Así que empecé a pensar en mis actuales situaciones “labios rojos y me di cuenta que quizás yo no estaba teniendo la actitud necesaria.

Esperaba demasiado de mis amigos, cuando ni si quiera yo tenía claro dónde y cuándo quería estar.

Esperaba demasiado del chico que me gustaba, cuando ni yo misma estaba siendo seria en demostrárselo.

Y esperaba poder escribir mi primer libro, cuando ni había empezado a construir esa temida primera página.

Yo tenía el pintalabios en mi mano, ¿entonces por qué no era capaz de ponérmelo?

Si, dale al play amiga/o.

Porque justo cuando andaba pensando en la respuesta a esa frase, de la ventana de un piso en una calle de Granada, salía rompiendo mis esquemas esta deliciosa canción.

Y qué razón tenía.

Para mí esta canción es y será siempre un canto a “vivir la vida cómo uno quiere.

Así que me di cuenta, que me pondría el pintalabios cuando realmente decidiese hacerlo y que daría igual si fuese rojo, verde o amarillo. Porque sería mi pintalabios y eso lo haría único y especial para mí.

Porque por muchos empujones que nos den, muchas palmaditas en la espalda, muchos consejos y abrazos reconfortantes, nada ni nadie puede cuidarnos más que nosotros mismos.

Hoy es un nuevo día y deberíamos estar dispuestos a pintar, del color que queramos, aquello que estemos dispuestos a hacer.

¡Feliz miércoles!

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La Columna de Mosby (28): recuperar algo perdido

Va a ser uno de esos post en los que divago y divago, así que estad preparadas/os.

Bueno, seré clara porque me gusta dar contexto a las situaciones que se crean en mi cerebro, así que empezaré por decir que ayer fui con mis amigas al cine a ver La la land.

Y no sabría bien escribir o explicar aquí qué tengo en la cabeza ahora mismo, sólo sé que estoy tan emocionada y creativa que desearía que hoy hubiese sido uno de esos días en los que te vas a la cama y piensas: Wow, he hecho mil cosas.

María me dice “esta bien, supongo que estás inspirada” y yo miro el reloj, me río y lo vuelvo a mirar, porque son las 2 de la mañana y yo quería no volver a escribir de noche.

La banda sonora de la película se ha colado en mi habitación y parece que me esté estampando su mensaje en toda la cara. Tranquilas/os, no haré ningún spoiler.

Sobretodo porque tal obra necesita ser vista.

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¿Cómo he llegado aquí? La gran pregunta.

Intentando no asaltar mucho la película, puedo decir que ahora que estoy sentada en mi cama con el portátil, pienso en cómo llegué a Granada. Este último año, claro.

El otro vamos a dejarlo como una utopía que se coló en la realidad.

Mis proyectos, muchos empezados y ahora en mi estantería, aguardando. Casi como este blog, el cual no sé aún para donde dirigir, porque me sirve de catarsis, un pequeño diario que me acompaña.

Las/los que también escribís (aquí en WordPress o donde sea) me entenderéis, a veces una se desmotiva hasta el nivel de no querer continuar. De dejar de verle sentido a algo que ayer parecía un trabajo o carrera serio, siento que a mí me ha pasado algo parecido durante las pasadas dos semanas.

Quizás por el cuelgue de las navidades o por un replanteamiento de muchas cosas, perspectivas nuevas forzadas. Y tú que me lees lo sabes, es difícil escribir con el corazón cuando este no sabe ni qué expresar. Aquí no podemos mentir.

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No puedes escribir algo que realmente no sientes, porque incluso alguien que apenas te conozca sabe ver un texto vacío.

Así que me dediqué un poquito a esperar… Que… ¿Esa sensación estuviese de vuelta?

Y aquí está, siguiendo el ejemplo de La la land, me siento bailando con ella y disfrutando de cada paso, me doy cuenta que escribir es y será siempre algo parte de mí.

En resumen, por no enrollarme más…

Este ha sido uno de esos momentos en los que te das cuenta que no puedes renunciar, no a aquello que realmente deseas y tienes ganas de hacer.

Y por mucho que cueste, por mucho que duela, un paso siempre será un paso si estás dispuesto a darlo.

Así que vamos a caminar.

¡Feliz jueves!

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Mi Caja

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Seguro que conoces el sonido de una canica dentro de una caja,

hay cajas de metal, de madera, de cartón, pero siempre sucede lo mismo.

Imagina agitar una caja con canicas, es un caos,

una sensación de ruptura y miedo a que todo salga rodando

¿Me entiendes ahora?

Mi caja no es un juego de niños.-

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 MARÍA DIEguez.-

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Todo pasa por algo

No sé si será por las experiencias que me han tocado vivir, o simplemente que ya soy demasiado mayor para creer en las casualidades o en el azar.

Nunca he sido muy de culpar a nadie de las cosas malas que me han podido llegar a pasar, porque hasta cuando ha sido otra persona la que me ha hecho daño con sus actos o sus palabras, en cierto modo, he sido yo quien se lo ha permitido.

Dicen que no te hace daño quien quiere, sino quien puede, y es cierto, al igual que es verdad que nadie puede hacerte daño si tú no se lo permites.

Monstruos hay muchos por ahí sueltos, pero tú y sólo tú eliges tenerlos cerca.

Las malas personas, las egoístas, las manipuladoras, las oportunistas, las envidiosas… en definitiva, las personas tóxicas, abundan en nuestro entorno, por eso es tan importante elegir a quién tienes a tu lado y a quién debes soltar.

Yo ya no tengo tiempo ni ganas de soportar a personas inmaduras que huyen de sus responsabilidades. Que no saben vivir con intensidad o que no son capaces de valorar las pequeñas cosas de la vida.

Los pequeños detalles son los que engrandecen a las personas y yo a mi lado quiero a gente que me haga crecer, que sepa tocarme el corazón, que su esencia me llegue al alma. Lo esencial es lo que hace que la vida tenga sentido.

Quiero rodearme de personas humanas, no quiero más monstruos en mi vida, no más lobos con piel de cordero.

Pero ante todo, quiero ser ese tipo de persona, porque, efectivamente, todo pasa por algo… Por imbécil, por ejemplo.

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