Entre las sábanas.

Yo no sé si es así como deslizas tus manos cuando crees que mi cuerpo es cuerda y tú la música que fluye entre nosotros.

Jamás podría adivinar cómo es aquella sonrisa que se desprende del gusto del café, una mañana tras otra en la conquista de la rutina.

A veces consigo desprenderme de mis quejidos y suspiros cuando de imaginarte se trata.

Quién lo habría dicho.

Ahora mismo eres conjetura de palabras, un pensamiento, un garabato, uno de mis borradores, una idea en el cajón.

Pero es que la mesita se encuentra tan cerca de mi cama que nada me sorprende cuando noto mi mano deslizarse por encima de mi cadera, llegando a sentir con la yema de los dedos el pequeño pomo que estiraré.

Podría presentir cómo trepas por mi brazo y te pierdes cerca de mi mandíbula, como si mi cuello se tratase de una fría cueva donde encontrar refugio.

Quizás jugando con mi lengua descubras que perderse en mis ojos no sería tampoco un mal desafío.

Cuando te cansas te encuentras en mi espalda y es ahí donde con mi respirar, abro los ojos, sé que no estás. La mesita sigue cerrada y mi mano está en su lugar.

Quién lo habría dicho.

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