Jazmines y estrellas.

Suenan gritos dentro de mí, me atraviesas como cristales que se camuflan entre la sangre que derramo a cada pensamiento de ti.

Si alguien me preguntase qué es el dolor, respondería que es tu nombre al dejarte ir.

Verte marchar me vacía el aire de los pulmones, me aprieta el pecho, es casi una encerrona provocada por mí misma en la que la víctima soy también yo.

Hay tantos momentos que no quiero que te lleves, soy tan egoísta.

Pero no puedo.

No puedo verte salir por esa puerta y pensar que se han acabado, los olivos, la furgoneta, las gallinas corriendo por el campo, las avispas en la pared, la piscina de fondo turquesa, las cerezas blancas y las barras de pan sobre cada rincón de la mesa.

No te lo lleves.

Por favor déjame ser insaciable durante unos minutos más.

Tan sólo necesito algo sencillo, explícame cómo consigo entender que te convertirás en un jamás.

Tendrás una nueva forma, serás todos y cada uno de aquellos jazmines que mis ojos puedan ver. Y esa será mi poesía, nuestra conversación, nuestro reencuentro.

Y aunque me aferro a ti, en estos últimos segundos, quiero que sepas y entiendas que siempre querré lo que te haga feliz. Y estaba claro que eso ya no se encontraba aquí.

Nunca pude imaginaros separados, así que decidí no hacerlo. Allí donde vayas, agarra fuerte esa mano, como siempre has hecho, como siempre me habéis enseñado.

Prometo no rendirme, espera a todas las aventuras que tendré para contarte cuando nos volvamos a ver.

Te querré, siempre.

Las cosas posibles.

Año 2019, otra Navidad y otro propósito que cumplir en Año Nuevo: sobrevivir un añito más a la locura que es vivir.

Y no es poco.

En breves se acaba uno de los años más reveladores de toda mi vida, he hecho cosas que jamás pensaba que haría y he conquistado partes de mí misma que había olvidado que existían.

He pasado por dos países asiáticos a los que siempre he querido viajar, Japón y Corea del Sur.

He superado crisis de ansiedad piramidales, he parado de comer compulsivamente y he reventado el gimnasio como nadie más durante más de seis meses.

He afianzado la que es la mejor amistad que encontaré jamás en toda mi vida, mi verdadera alma gemela y la dueña de la mayoría de carcajadas que se me escapan.

Aprendí a decir que no a base de llorar mucho diciéndome que si, que estaba bien no querer ir, no querer besarle más, no querer contestar, no querer estar.

He conocido mis miedos, los he aceptado y respetado. Porque a veces luchar contra ellos no significa ponerte en la línea de fuego.

Así que, 2020, estoy aquí. Voy a estar aquí y difícil o no… No me rendiré. Parece que se ha convertido en mi lema.

¿Vamos?

I just pretended isn’t real

Como si la canción acabase en ese mismo instante, la caja musical se cierra de manera violenta y aunque nadie lo esperaba, es la falta de esa música lo que me enloquece.

He estado atrapada tanto tiempo dentro de esas notas que poco a poco se convirtieron en parte de mi piel, mi manera de respirar y las únicas letras que sabía utilizar.

Al dejar aquella cajita encima del escritorio repasé con los dedos el filo rectangular de la mesa y en un gesto desesperado por hacerme daño intenté golpearla, pero mis propias manos me detuvieron.

Es extraño, crecemos acostumbrados al dolor hasta que nos duele demasiado el que ya no pueda doler más. Porque las decepciones acaban, las rupturas pasan, las malas rachas se diluyen y los corazones se fortalecen.

Y no tiene nada de malo el querer salir de ahí, aunque otros no puedan seguirte.

No tiene nada de malo desear algo mejor para ti, querer crecer y pasar página, aunque otros no puedan salir del mismo capítulo del libro.

Hoy se ha cerrado aquella cajita musical y aunque me duele no escuchar esa melodía, aunque me aterroriza no saberme los pasos y palabras de la nueva canción, me digo…

“…Soon you’ll get better.”

Entre las sábanas.

Yo no sé si es así como deslizas tus manos cuando crees que mi cuerpo es cuerda y tú la música que fluye entre nosotros.

Jamás podría adivinar cómo es aquella sonrisa que se desprende del gusto del café, una mañana tras otra en la conquista de la rutina.

A veces consigo desprenderme de mis quejidos y suspiros cuando de imaginarte se trata.

Quién lo habría dicho.

Ahora mismo eres conjetura de palabras, un pensamiento, un garabato, uno de mis borradores, una idea en el cajón.

Pero es que la mesita se encuentra tan cerca de mi cama que nada me sorprende cuando noto mi mano deslizarse por encima de mi cadera, llegando a sentir con la yema de los dedos el pequeño pomo que estiraré.

Podría presentir cómo trepas por mi brazo y te pierdes cerca de mi mandíbula, como si mi cuello se tratase de una fría cueva donde encontrar refugio.

Quizás jugando con mi lengua descubras que perderse en mis ojos no sería tampoco un mal desafío.

Cuando te cansas te encuentras en mi espalda y es ahí donde con mi respirar, abro los ojos, sé que no estás. La mesita sigue cerrada y mi mano está en su lugar.

Quién lo habría dicho.

Emprender el viaje.

Y es que yo nunca pensé que sería capaz de decir “hasta aquí”, dejarle esperando en el andén y echar a correr en dirección contraria.

Tampoco se trataba de correr hacia la nada, yo tenía bien claro que había que salir de allí, incluso con la maleta a cuestas, corriendo y traqueteando en casa paso que daba.

Tenía que marcharme.

No lo niego, miré atrás un par de veces o incluso más, podría verle con el alma rota y sin entender qué estaba ocurriendo, tras tantos años y tanto esfuerzo estoy segura que no entendía por qué me escapaba así.

Porque aquello era lo que estaba ocurriendo, me había empujado hasta el límite para activar mi plan de escape, incluso cuando parecía que íbamos a emprender el viaje de nuestras vidas.

Yo misma me había conducido hasta allí y yo misma quería acabarlo en aquel lugar.

Cuando llegué a las escaleras, miré mi maleta, era realmente enorme y pesada, la había llenado de cosas para mí imprescindibles, pero ahora irónicamente ninguna de ellas tenía sentido. ¿De qué sirven todos esos recuerdos cuando ya no te hacen sonreír?

Le dí una patada y eché a correr saltando los escalones de tres en tres.

Estaba aterrorizada, podía escuchar aún sus gritos llamándome. Me decía que volviera, que iba a perdonarme, que podríamos hacer ver como si no hubiese ocurrido nada.

Pero yo no flaqueé ni un instante.

Cuando llegué a lo más arriba de aquella escalera, sin girarme, dije en voz alta:

“Te he querido todo este tiempo, pero es momento de dejarme ir”.

Y creo que fue en aquel instante cuando, mi antigua yo, quien estaba rota a las puertas de aquel tren destino a un futuro que ya no deseaba, lo entendió.

Entendió que ya había tenido suficiente de ser una versión de mí que no se aceptaba, que tenía miedo a hablar claro, que había dejado de luchar.

Entendió que ella debía marcharse en aquel tren y que aunque ambas habíamos aprendido bastante de la otra, sus lecciones ya no me hacían falta.

Unos cuantos años más tarde, sigo arriba de aquellas escaleras y escribo esta pequeña carta para darle las gracias a aquella réplica de mí misma, que simplemente se quedó en el andén viéndome marchar. Sin correr tras de mí, sólo dejándome ir.

Gracias Tamara, por hacerme mejor, por hacerme crecer.

Siempre he escrito poemas.

Siempre he escrito poemas para pensarte cuando no estás.

Se han llenado mis estantes de páginas sueltas que derivan en búsqueda de ese faro que les de algo de utilidad.

Pero me he dado cuenta de algo, ¿dónde están aquellos poemas que hablan de mí?

Porque yo también me fui, durante mucho, mucho tiempo. Dejé de ser, me perdí.

Ya no era capaz de sonreír por las mañanas cuando entre una leve brisa me despertaba para taparme con las sábanas.

Ya no tenía ganas de perder las horas entre palabras de mis libros favoritos.

Ya no le encontraba sentido a aquellas canciones que me habían abierto el alma en una noche de insomnio.

Ya no.

Y jamás lo escribí, jamás me dije a mí misma “volverás, encontrarás el camino y regresarás”.

Todo lo que anhelaba era que tú, que habías decidido tu camino, te dieras cuenta de que estaba escrito conmigo.

Ahora que está tan de moda el decirse a uno mismo:

  • Me quiero
  • Me acepto
  • Me gusta como soy

Me doy cuenta de lo imperfecto que fue mi camino para llegar hasta aquí.

Me doy cuenta de que tuve que dejarme caer innumerables veces hasta darme yo misma la mano, sentir el empujón.

Volver hacia arriba.

No te equivoques, jamás dejaré de escribir poemas por ti, aunque tu nombre cambie, aunque la historia no sea siempre la misma.

Pero ahora lo sé, ahora lo entiendo todo. Y es que mi mejor poema, aquel que de verdad estará a cada instante conmigo… Soy yo misma.

Mi NO primera vez.

Creo que se escriben muchas historias sobre la primera vez, como si las demás ya no tuvieran importancia o jamás pudieran superar el estar a la sombra de la primera.

Se habla del primer beso, la primera borrachera, la primera vez que tienes sexo, la primera vez que conduces un coche, la primera vez que te enamoras… Pero nadie escribe una oda a las demás ocasiones en las que sientes todas esas emociones de nuevo.

Quizás porque tienen miedo a desprestigiar la primera, y sin embargo… ¿Cuántas veces esa fue la mejor de las experiencias?

Pienso que enamorarse de nuevo es un síntoma de estar vivos, de haber sabido avanzar, de haber dejado atrás algo que no ha funcionado y que sin lugar a dudas no era para ti.

Y odio el prejuicio de tener que estancarse, de aportarle valor a algo que ya no lo tiene y de que eso se castigue con culpa y en algunos casos… Soledad.

Porque no hay más soledad que la de quedarse en un cuarto con otra persona que ya no logra verte.

En mis segundas veces, terceras y todas las que siguen, me encontré descubriéndome a mí misma partes que había olvidado que tenía.

Habían ocasiones en las que el polvo lo había cubierto todo de tal manera que tenía que frotar durante horas diciéndome “estás ahí, sé que estás ahí”.

Y sin embargo no me rendí.

¿Te sucede a ti también?

A veces me encuentro preguntándome si será posible esta absurda idea de olvidarte si destruyo todas tus palabras.

Me hago pequeñita entre el espacio de aquellos mensajes y tu ausencia, pensando que cuanto más me doble, mejor será mi escondite.

Y allí, hecha una bolita, me discuto entre qué palabras debería dejar ir y cuales podrían quedarse.

¿Quizás a ti te pasa lo mismo?

Me pregunto también si a ti te ocurrirá alguna mañana, que te despiertas y piensas “¿Cómo he llegado aquí? ¿Cómo puedo no pensarte?”.

Es duro, lo sé.

Yo me he encontrado rindiéndome al hecho de que ya formas parte del aquí y ahora. Pero engañándome con la simpleza de esconder tus caricias en la estantería más alta, aquella que no ves si no te pones de puntillas.

¿Te sucede a ti también?

Respirar, recordar, temblar, dejar ir, salir corriendo detrás, escribir y borrar.

¿Te sucede?

Vulnerable.

Vulnerable.

Hay quien lo ve como una debilidad, una traición de tu persona, exponerte al mundo de una manera casi siniestra, sin engaños, transparente.

Supongo que durante mucho tiempo yo también lo vi así.

Me preguntaba a cada instante si iba a dolerme cuando descubrieran la verdad, que estoy hecha de sentimientos entrelazados y cuatro retazos de piel.

Soy vulnerable.

En algunas noches incluso cálida, llena de misterios que no tienen respuesta y que te preguntaré uno tras otro hasta perdernos con Morfeo.

Supongo que yo soy así, alguien que no sabe pintar pero que escoge lienzos para llenarlos de colores que le hacen vibrar. También esa persona que como dijo mi abuela un día: se sienta en un banco a ver qué pasa, espera el momento para intervenir.

Vulnerable, viendo qué pasa y esperando a intervenir.

Han tenido que pasar 27 años para darme cuenta de que me quiero así, a cada segundo del día, en cada día de la semana, dentro de cada mes del año.

Decidí no dejar de tener miedo, si no aceptarlo conmigo en la habitación, comprendí que las inseguridades no son cadenas, si no cicatrices que puedes llevar y que pierden importancia cuando finalmente las muestras a los demás.

Vulnerable. Esa soy yo.

Todo pasa por algo, todo pasa por mí.

Todo pasa por algo.

Frase que tenemos a mano cuando nos suceden cosas que hacen que desemboquemos en caminos y elecciones inesperadas.

Por algo.

Como si de golpe el error no fuese nuestro, la mala suerte no estuviese en nuestro camino o el sentimiento nos invadiera menos.

Y es que todo pasa por algo. Claro. Pero todo algo pasa por nosotros.

Quizás me he cansado de no sentirme responsable, de no entender que yo también puedo hacer que algo pase por algo.

Acción reacción de los deseos, el esfuerzo, la autoestima, la pasión y todo lo que creamos en nuestro día a día.

Todo pasa por algo, algo pasa por algo y yo pasaré por todo y más.

A partir de hoy, todo pasará por mí.