Emprender el viaje.

Y es que yo nunca pensé que sería capaz de decir “hasta aquí”, dejarle esperando en el andén y echar a correr en dirección contraria.

Tampoco se trataba de correr hacia la nada, yo tenía bien claro que había que salir de allí, incluso con la maleta a cuestas, corriendo y traqueteando en casa paso que daba.

Tenía que marcharme.

No lo niego, miré atrás un par de veces o incluso más, podría verle con el alma rota y sin entender qué estaba ocurriendo, tras tantos años y tanto esfuerzo estoy segura que no entendía por qué me escapaba así.

Porque aquello era lo que estaba ocurriendo, me había empujado hasta el límite para activar mi plan de escape, incluso cuando parecía que íbamos a emprender el viaje de nuestras vidas.

Yo misma me había conducido hasta allí y yo misma quería acabarlo en aquel lugar.

Cuando llegué a las escaleras, miré mi maleta, era realmente enorme y pesada, la había llenado de cosas para mí imprescindibles, pero ahora irónicamente ninguna de ellas tenía sentido. ¿De qué sirven todos esos recuerdos cuando ya no te hacen sonreír?

Le dí una patada y eché a correr saltando los escalones de tres en tres.

Estaba aterrorizada, podía escuchar aún sus gritos llamándome. Me decía que volviera, que iba a perdonarme, que podríamos hacer ver como si no hubiese ocurrido nada.

Pero yo no flaqueé ni un instante.

Cuando llegué a lo más arriba de aquella escalera, sin girarme, dije en voz alta:

“Te he querido todo este tiempo, pero es momento de dejarme ir”.

Y creo que fue en aquel instante cuando, mi antigua yo, quien estaba rota a las puertas de aquel tren destino a un futuro que ya no deseaba, lo entendió.

Entendió que ya había tenido suficiente de ser una versión de mí que no se aceptaba, que tenía miedo a hablar claro, que había dejado de luchar.

Entendió que ella debía marcharse en aquel tren y que aunque ambas habíamos aprendido bastante de la otra, sus lecciones ya no me hacían falta.

Unos cuantos años más tarde, sigo arriba de aquellas escaleras y escribo esta pequeña carta para darle las gracias a aquella réplica de mí misma, que simplemente se quedó en el andén viéndome marchar. Sin correr tras de mí, sólo dejándome ir.

Gracias Tamara, por hacerme mejor, por hacerme crecer.

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