La Columna de Mosby (2)

Dejar algo nunca es malo. Dejas de fumar, dejas de beber cada fin de semana, dejas de tomar esa comida que no te conviene nada, dejas esa pareja tóxica, dejas de comerte la cabeza por aquella cita.

Dejar, es pues el acto de moda de finales del 2016.

Y joder, a veces los humanos somos raros y incluso dejamos cosas que nos gustan: dejamos nuestro cóctel favorito, nuestro follamigo/a favorito/a, dejamos de ir al pub que más nos gusta porque hasta los vecinos del bloque de al lado nos saludan y dejamos muchas, MUCHAS, cosas porque nos gustan demasiado.

Así que yo tengo la teoría de la tableta de chocolate. (Vale, estoy obsesionada con la comida. ¡Acéptalo!)

Deja un trozo de chocolate para después de la cena.

Pocas veces soy de las que me recompenso con postre tras la cena, la mayoría de veces por ser una vaga que siempre olvida comprar algo extra para quitarme el gusanillo y otras porque me encanta hacer lo que ahora te voy a explicar.

chris-adamus

Para mí no hay nada más placentero que tras la cena, cuando mi cuerpo me está diciendo:

¿Pero seguro que ya lo has dejado todo hecho?

Voy a la cocina, seguramente descalza, abro la nevera y cojo una onza de chocolate (hmmm, la erótica de la palabra onza) y entonces me ofrezco ese momento de tener un trocito tan pequeño que cubre tantas necesidades. 

Si, el chocolate puede ser sustituto de muchas cosas. Pero no me refiero a eso malpensada/o, me refiero a cómo soy capaz de hacer que un pequeño detalle signifique para mí la cumbre de un día entero.

Piénsalo, es cómo cuando vas caminando por la calle y te compras un chicle. Madre mía, parece increíble cuando algo que vale 5 céntimos es capaz de cambiarte el mal carácter que te costaría 24h de dolor de cabeza.

swaraj-tiwari

De lo pequeño, a lo más pequeño.

Cuidado que nos vamos a poner íntimos y es pronto por la mañana (bueno, depende de a qué hora me leas). 

Después de pasar el día entero escuchando a todo el mundo hablar sobre la “Superluna”, me he obsequiado con 15min sentada en mi balcón de 210€ con vistas a la señora que fuma en la terraza de enfrente para ver esa increíble luna.

Y aunque suene cursi, ha sido cómo el efecto de comerme esa onza de chocolate.

Y ni si quiera puedo alcanzarla.

Claro, acto seguido me he puesto filosófica y he pensado en todas esas cosas intangibles o absurdas que son pequeños trozos de chocolate que vamos coleccionando y yo tengo muy claro cuales son algunos de mis favoritos estos últimos días:

  • La puerta de mi portal abierta cuando llevaba 3 bolsas enormes.
  • Cruzar la mirada durante unos segundos con alguien al otro lado de la sala.
  • Recogerme el pelo con las manos y no necesitar el cepillo.
  • El viento que entra por la ventana y me obliga a ponerme mi querido batín.

Bueno, si después de esto sigues pensando que soy normal… ¡Welcome to my world!

Lo que trato de decirte es que empieces o acabes este martes regalándote pequeñas onzas de chocolate invisible, porque en ellas… Está la felicidad de saber que sólo tú has podido DEJAR algo tan pequeño y privado, exclusivamente para tus ojos.

¡Ten un buen martes!

Fotografía: Swaraj Tiwari, Chris Adamus.

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