Pa-ciencia.

Creo que la ciencia de saber esperar tiene que ver directamente con los rosales.

Ellos no lo saben, pero van emparejados, sobretodo por la perversidad de su crecimiento. La ciencia de esperar crece furtiva y lentamente buscando dar lugar a esos pequeños resquicios de consideración humana que nos tenemos los unos a los otros, cuando al mirarnos a los ojos sabemos que hemos pedido más de lo que nos podíamos permitir.

El rosal hace lo mismo, crece y va mirando sus raíces y aunque sabe que al final estará la preciosa rosa roja (o puede que de otro color), llena sus brazos de espinas cargadas con exigencia de querer ser siempre fuerte y constante, aunque no pueda permitírselo en sus momentos de debilidad.

La ciencia de esperar, es tranquila, silenciosa, no tiene prisas. Sabe que las cosas suceden tarde y que vale la pena quedarse sentada a ver qué pasa. Lo he aprendido tantas veces, que las prisas no son buenas, ellas corren inquietas delante de mí y bailan ritmos de músicas que ni si quiera están sonando. Mi ciencia y yo, sentadas, esperamos el perfecto tempo para dar el paso, levantarnos y conseguir la vuelta más bonita de la danza más ansiada: el amor.

El rosal es consciente, sabe que cada pétalo le costará una batalla, una lucha eterna con los demás que viéndole tan bonito y especial querrán arrancarlo, querrán hacerle dudar de su magia, querrán hacerle creer que no es nadie si no consigue esos pétalos, pero se han olvidado que cuando se narran las grandes batallas no solo se cuenta la victoria, si no cómo se luchó hasta llegar al valiente final.

Lo fácil nos vuelve perversos, le dije a ella.

Y es cierto que nadie te avisa de que va a doler, nadie te dice que esas espinas que te defienden también crecen hacia adentro y se clavan en cada pensamiento desde que abres los ojos por la mañana. Nadie te dice que hay mucho tipo de rosas, que todos los pétalos no son igual de bonitos y suaves. Nadie te dice que hay gente que odia los rosales.

Y sobretodo, nadie te dice cómo usar la ciencia de esperar.

Pero si algo he aprendido, de lo poco que sé, es que cada paso hace que la sonrisa ante el espejo tenga más luz en la mañana. Y mirarse con los ojos sonrientes a uno mismo, es el regalo más bonito que jamás te podrás dar.

Sí, a ti mismo.

Tami in sanfe 024

¡Gracias!

Fotografía por: Fran Decatta.

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