Enhorabuena.

Te felicito, joder.

Por haber sido capaz de acabar con mis días grises, haber quitado de en medio aquellas entorpecidas nubes que se paseaban chulescas por mi horizonte cómo diciendo “mira chica, aquí nos quedamos para joderte”.

Te felicito, niño, de verdad te lo digo.

Porque me has quitado de encima el peso de sentirme sola aún estando en tu compañía y has conseguido que deje de decirme a mí misma “pero si yo puedo, ¿por qué no lo consigo contigo?”. 

Las palabras han empezado a rebelarse contra mí, diciéndome que están cansadas de ser usadas para hablar por una persona que ni se encuentra aquí. Yo no puedo quitarles la razón, agacho la cabeza y asiento respondiendo “si fuera por mí, desearía hablar de una historia real, que se teja con hilos de sutileza basados en descubrir quién de los dos ha herido más al otro”.

Y por consecuencia, te felicito de nuevo amor, porque en esa apuesta ganas tú.

Yo no sé donde han quedado todos aquellos paseos, las tardes perdidas entre manta y sofá, las horas escondidas de “llegar tarde no es un pecado si el motivo es caminar en tu piel”.

A veces pienso, que todo el esfuerzo y las ganas seguramente están en la cama de alguna otra que ahora tenga ganas de aplaudir tus pasos para más tarde felicitarte también.

No importa, ¿qué más da? Si tan sólo nos hemos dejado llevar por el frenesí loco del alcohol y las noches de dormir bien caliente, porque solitos nos daba miedo.

Espera, aún no te marches, déjame felicitarte por hacerme creer que no podía pasar más noches en vela si no era esperándote, por hacerme titubear en los “adiós, luego nos vemos” y demás palabras que te he dedicado para decirte de soslayo un ya te echo de menos.

Y bien, ¿existe un premio para tanta felicitación? Me dirás, así con un gesto de la mano cómo el que quiere decir vamos rápido que tengo prisa.

Quisiera felicitarte por ello pero irónicamente no puedo, jamás te diste cuenta pero el premio éramos nosotros.

Era tu risa siguiendo a la mía, mis ojos mirando a los tuyos, tu boca respirando conmigo, mi mano sintiendo tu ritmo, tu latido guiando el mío. Éramos.

Tú y yo, éramos.

Pero te felicito, amor, por hacer que no lo seamos y ya no me duela.

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